martes, 16 de marzo de 2010

Prenderle fuego al mundo (y consumirme con el)

Pasé varios días sin salir de casa, durmiendo a deshoras, sin apenas probar bocado. Por las noches me sentaba en la galería frente al jardín y escuchaba el silencio, esperando oir pasos en la puerta, creyendo que él iba a volver, que tan pronto supiese de la muerte del Hombre de las cien cartas, volvería a mi lado, aunque fuese solo por lástima , que para entonces ya me bastaba.


Después de una semana comencé a subir de nuevo al estudio. Comencé a leer aquel manuscrito extraño que él había dejado, la lectura me inspiró a la vez náusea y una oscura satisfacción.

Pensé sinceramente en dejar de escribir aquí, en el blog.


Pero no quería dejar las cosas como él, donde él se había perdido en el camino, yo encontraría la salida del laberinto.


Así que he vuelto , una semana después. Esperé hasta la media noche para escribir esto. Las palabras y las imágenes surgieron de mis manos como si hubieran estado esperando con rabia en la prisión del alma. Los párrafos fluían sin conciencia , ni mesura, sin más voluntad que la de embrujar y envenenar los sentidos y el pensamiento.


Había dejado ya de pensar en él, en los recuerdos o en sus exigencias. Por primera vez en mi vida escribia para mi y para nadie más.


Escribía para prenderle fuego al mundo, y consumirme con él.

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