sábado, 22 de mayo de 2010

Soledad profunda.


Aquel día me tumbé sobre una roca plana, y , mientras el viento soplaba sobre mí, contemplé las blancas nubes que se dibujaban de forma vaga en la azulada penumbra. Una escena bellísima, de ensueño.


Pero yo sólo sentía una soledad profunda, indescriptible. Sin darme cuenta, el mundo que me rodeaba había perdido definitivamente sus colores. Desde aquella cima mísera de ruinas vacías de mis sentimientos pude vislumbrar mi propia vida extendiéndose hasta un futuro remoto. Se asemejaba a las desoladas escenas de planetas deshabitados que salen en las imágenes de los libros de ciencia ficción que leía de pequeña. No había ninguna señal de vida. Los días eran todos terriblemente largos. El vehículo que me había llevado hasta allí había desaparecido sin que yo me diera cuenta. No podía ir a ninguna parte. Lo único que podía hacer era ir sobreviviendo en aquel lugar valiéndome de mis propias fuerzas.

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