martes, 5 de octubre de 2010

él.


Comencé a seguir sus huellas sobre la nieve hasta el parque que rodeaba el lago. La luna llena ardía sobre la gran lámina de hielo. Fue allí donde lo ví. Se adentraba lentamente cojeando sobre el lago helado, un rastro de pisadas ensangrentadas a su espalda. La brisa agitaba su ropa.



Cuando llegué a la orilla, él se había adentrado al menos unos treinta metros al centro del lago. Grité su nombre y se detuvo. Se volvió lentamente y lo ví sonreír mientras una telaraña de grietas se tejía a sus pies. Salté al hielo, sintiendo la superficie helada quebrarse a mi paso, y corrí hacia él. Él se quedó inmóvil, mirándome. Las grietas bajo sus pies se expandían en una hiedra de capilares negros. El hielo cedió bajo mis pasos y caí de bruces.


-Te quiero- lo oí decir.


Me arrastré hacia él, pero la red de grietas crecía bajo mis manos y lo rodeó. Nos separaban a penas unos metros cuando escuché el hielo quebrarse y ceder bajo sus pies. Unas fauces negras se abrieron bajo él, y lo engulleron como un pozo de alquitran. Tan pronto desapareció bajo la superficie, las placas de hielo se unieron sellando la apertura por la que él se había precipitado. Su cuerpo se deslizó un par de metros bajo la lámina de hielo impulsado por la corriente.



Conseguí moverme hasta el lugar donde había quedado atrapado y golpeé el hielo con todas mis fuerzas.



Él, con los ojos abiertos y el pelo ondulando en la corriente, me observaba desde el otro lado de aquella lámina traslúcida. Golpeé hasta destrozarme las manos en vano. Él nunca apartó sus ojos de los mios.



Posó su mano sobre el hielo y sonrió. Las ultimas burbujas de aire escapaban ya de sus labios y sus pupilas se dilataban por última vez. Un segundo después, lentamente, empezó a hundirse para siempre en la negrura...






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